6 METROS BAJO TIERRA

CAPÍTULO 4 SIN DIOS.

    Imagino que después de acabar con una vida, mi semblante habrá sido de pánico, de remordimiento extremo, pero el del hombre de negra vestimenta era de profunda satisfacción, su sonrisa lo decía todo. 

-¿ya estás contento?.... me hiciste terminar con la vida de un inocente...-
-¿será?... quizás no era tan inocente como crees...-
En ese momento se agachó y esculcó la bolsa de su chamarra, de la cual sustrajo su cartera, la cual comenzó a esculcar y a revisar...

- uy ¿ya viste cuanto dinero traía este amigo que acabas de liquidar...?-

Y en efecto era un gran fajo de billetes de quinientos y mil pesos...

-¿un tipo así viajando en el metro...no Mateo creo que algo se traía...tómalos son tuyos....-
-no... ya no... -
-esta bien, como quieras... los tendrás de todos modos para que veas que yo si cumplo lo que prometo...-

Naturalmente no se los recibí, en ese momento llegaron los oficiales y el ente desapareció en la obscuridad de los túneles, mientras pude ver la misma luz que había visto desprenderse del cuerpo de Felipillo, y otra vez fue arrastrada a las tinieblas por la gente sombra....los oficiales me hicieron ver que aquel joven había muerto.

-no... pues está muerto señor... creo... creo que mejor lo tapamos con la manta ¿no?-
-si oficial... hágalo por favor...-
En ese momento el oficial se puso unos guantes y como marca el protocolo buscó alguna identificación que le diera una luz acerca de quien era la persona que había fallecido en ese lugar, al buscar junto con la cartera reconocí algo que me hizo estremecer... junto a su billetera este joven traía una cajita negra diminuta, con un anillo de compromiso que jamás sería entregado. Después de que llegara el ministerio público a levantar el cuerpo de aquel desafortunado joven, que hasta aquella marga hora tenía toda su vida por delante y una gran parte de su futuro planeado, llegó la hora de salir, claro que mi turno habría sido más largo pero en vista de aquel suceso nos habíamos trasladado a declarar sobre los hechos a la oficina del ministerio, y después de levantar las actas, y los reportes ya todo había terminado a las dos de la madrugada. 
   Ya no había forma de regresar al metro, y mi coche se hallaba en la pensión cercano al metro zócalo, eran solo cinco o seis cuadras, pese a que uno de los oficiales que custodian la estación me ofrecieron llevarme por mi coche, yo preferí caminar, necesitaba aclarar mi mente antes de volver con mi esposa e hija, ¿cómo iba a poder verlas a los ojos sabiendo que había segado una vida?.
    Había avanzado dos cuadras cuando sentí que mi espíritu y mi voluntad se quebrantaban, y el llanto se me hizo presente, seguí caminando y a cada paso que daba, mi cuerpo destilaba rabia y dolor, por haberme convertido en la herramienta del mal.
Casi cuando iba a dejarme caer en medio de la calle anhelando que un borracho conduciendo acabara con mi vida...sucedió: A esa hora de la madrugada.... una iglesia se encontraba no solo abierta, las veladoras y las luces estaban encendidas, y decidí que si ya había dejado que el mal entrara a mi vida, era hora de que Dios también lo hiciera, y como un desahuciado que de pronto encuentra un oasis en el desierto, caminé tan rápido como pude para entrar en aquella capilla. El lugar estaba solitario, me senté cerca del altar y comencé a rezar lo primero que me vino a la mente... y en ese momento el mayor remordimiento se apoderó de mi, y tras poner mi rostro entre mis manos solo pude preguntar:

-¿por qué...?-

En ese momento una figura se hizo presente ante mi, y por un momento me sentí aliviado de que alguien me escucharía, era el sacerdote de la iglesia que al verme entre tanto sufrimiento y congoja se había acercado a asistirme.

-Dios te bendiga hijo...¿qué te trae por aquí....?-
-padre... creo que he hecho lo peor....-
-estás en la casa de Dios, cuyo amor infinito te dará el perdón...cuéntame... ¿qué te sucede?-

   El sacerdote se sentó a mi lado como se sentaría un amigo para escuchar a otro, que está pasando por una desgracia.

   En aquel momento yo ya no podía más... así que de inmediato me solté ante aquel hombre de fe...estuve hablando con él, de todo lo sucedido hasta esa noche, sin omitir un solo detalle, también le hablé de aquella figura del mal que me perseguía y de la gente sombra, del dinero, de mi hija...pensando en que aquel clérigo tenía alguna forma de ayudarme a escapar de aquel cruel destino... al final de mi relato él simplemente se levantó... su mirada era de enojo y de repulsión....

-debes irte...-
-pero... padre...-
-¡no puedo ayudarte... hiciste lo peor que se puede hacer con el libre albedrío...estás condenado!...¡largo de aquí!-

   Eso fue contundente y horrible, ahora si estaba solo contra aquello que estaba devorándome, me puse de pie y salí a la calle, al volver a la acera pude escuchar como las puertas de la iglesia se cerraban tras de mi, comencé a caminar, cabizbajo y entrado en mis pensamientos, más cuando volví un poco la mirada, a la acera de enfrente, ahí estaba ese ente, fumaba un cigarro y empuñando su bastón se dirigió hacia mi...

-¿en serio creíste que sería así de fácil?.... ahora eres mío...-

Después de decir eso desapareció en medio de su risa macabra, yo, abatido, simplemente seguí el camino a casa sin saber realmente como fue que llegué a ella- Cuando entré, no hice ruido, para no despertar a mi esposa y a mi hija, me metí a la ducha, estando ahí casi media hora sentado en el piso, contra la pared, dejando fluir el agua de la regadera... pero era hora de seguir... como fuera... me levanté y cuando tomé mi toalla, de ella cayó algo que me hizo entender que había recibido el pago por la muerte de aquel joven. de la toalla cayó aquel fajo de billetes, que el ente se había llevado consigo...

CONTINUARÁ....

Christian Perales 
El Comisario del terror 
Derechos reservados 
Junio 2015

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